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16/12/13

Mami, yo no sé.

Soy hijo de una madre soltera de la cuál siempre obtuve todo porque era adicta a su trabajo y era muy apegada a sus responsabilidades. Tuve siempre un buen techo en el cual nunca hubo una gotera y nunca vi un plato que no tuviese comida. En mi mochila del colegio siempre tuve libros y cuadernos cagados de mis dibujitos y letras.

Gracias a Verónica tuve todo ya que la mitad de cada uno de sus latidos eran para mí.

De jovencito recuerdo que nos mudamos a San Pedro de Macorís. Si mi memoria no está mal era el barrio los maestros, casa de dos plantas; arriba vivía doña rosa y al frente estaban Don Bienvenido y su colmado. En aquel colmado aprendí la diferencia enorme que existe entre los jugos ricas normales y los 100%. Aprendí lo que era una jugola. A una cuadra vivía Alexis Sánchez, mi primer amigo del pueblo, y su familia. Eramos todos súper fanáticos de las tortugas ninjas y el abuelo de Alexis era experto en decir: “Santiago, Santiago, La ciudad corazón”.

También aprendí que la televisión y el nintendo siempre estaban ahí. Sobre todo en la soledad y en los días “sin familia” (Vamos a llamarle así a los días en que mami terminaba tarde en las noches de inventario), en la enfermedad y en la joven e ingenua locura. Creo que estar en mi habitación en paz y jugando video juegos fue la primer probadita que tuve de independencia y libertad.

Quizás a mami le preocupaba, pero no había de que. Creo que aprendió cómo era mi forma de ser luego de que aquella vez fui a casa de Carlo Danilo Pestana a jugar súper nintendo. Y era las 7 de la noche y ella estaba loca buscándome ya que nunca le dije a donde iba. Eran las 8 PM cuando llegué a nuestro apartamento y lo encuentro lleno de policías. Claro, con mami al final de la sala con un cinturón en mano. Creo que fue la gran pela de esa época de mi vida; sólo superadas por las pelas que patrocinaba alguien que ahora mismo no tiene importancia.

Encontré en la familia de Carlos Danilo muchos valores que quizá nunca hubiese tenido en casa. Aprendí mucho de ayudar desinteresadamente. Aprendí a comer en una mesa llena de gente. Me aprendí a sentar. Entre mi mamá y los Pestana Torres me enseñaron  a trabajar.

Pero era ahí, o desarmando electrónicos o dañando computadoras en casa. O jugando en las consolas prestadas de amiguitos que se iban de viaje. Pero siempre solo.

Y no sabe usted, señora Verónica, lo mucho que agradezco esos espacios de mi vida en que nadie ponía de más en el reloj de arena y el tiempo era mío y de yo poder controlarlo. No se me preocupe, que aprendí muy bien que mi familia son mis amigos y que sólo puedo contar con usted cuando algo se necesita.

Gracias a ti no hay razón pa’ andar echándole romo al corazón para que llegue el olvido ya que el vacío de los ausentes se llena con cualquier momento de ocio.

Ya de adolescente lo sabía. Me agarraba la madrugada cuando me tocaba caminar de Cyber Town hasta la casa. Recuerdo que a veces me esperabas despierta, preocupada. Pero ya sabías que vivía de la madrugada y sólo le temías a lo que la calle pudiese haber hecho conmigo.

Y nunca me juzgaste ni intentaste cambiar como era. De ahí aprendí a no juzgar, aceptar y dejar correr. En verdad no tienes que pensar mucho en lo que has hecho por mí porque has hecho bastante, a tu manera. No hablo de buena universidad ni tremendos colegios porque esos no me aportaron la gran vaina. Pero tú sí, con tu paciencia, tú sí, con tu espacio.


A lo mejor esto nadie lo entienda pero no tiene precio el que haya aprendido de alguna forma lo cruel que puede ser el cariño al compromiso y no a uno mismo. De lo mucho que cuesta el adaptarse y desprenderse. ¿Podré dejar la soledad que me caracteriza y soltar las mañas que me hacen quien soy? Mami, yo no sé.


Fernando Peralta Cruz.
New York, NY