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21/8/13

NUEVA YORK ESTA LLENA DE LOCOS

“Nueva York está llena de locos”, me dijo, y de inmediato se sentó frente a mi con un cigarrillo. “En el tren, me encontré con una jovencita china, tan china que toda la China le quedaba enana. Entonces empieza la china a hablar en un español perfecto. Perfectamente argentino!” me dijo riéndose. Se acomoda.

Sus manos van perdiendo la juventud. Su rostro también la va perdiendo. Pienso, mientras la observo, que ha vivido mucho esta mujer. Me conformo con mirarla fumar, perdida en sus pensamientos, y con escucharla.

“Yo, de joven, soñé siempre con casarme con un argentino. Siempre me parecieron tan elegantes y apuestos. Acusemos a las telenovelas de TeleFé. Tenía muchísimos amigos argentinos  por Internet, y mi sueño era cumplir la mayoría de edad, para irme a vivir en algún lugar perdido de La Pampa. Sin embargo, un buen día me di cuenta, por uno de esos amigos electrónicos que tenía, que en su generalidad son prejuiciados y racistas. Así comenzó a perder su encanto la tierra de Gardel y el tango. La depesión económica, el cacerolazo, me hicieron empezar a ver el lado menos encantador del asunto. Me terminé de desencantar, cuando un tipo, en tono de “relajo”, se atrevió a decirme que, como no soy blanca y ojos azules, allá no soy más que una negra de mierda.” Se puso seria un momento, y continuó: “Negra sólo me dice mi madre. Los argentinos se pueden ir ellos a la mierda.”

Se perdió un segundo en la inspección de los libros que tenía en mi regazo. Eran tres: “Poemas de Otros” de Mario Benedetti, “Nosotros los Hombres” de Jorge Debravo y “Canción Enferma” de Otoniel Guevara. Se detuvo en cada uno, como escarbando, y finalmente se quedó mirando algún poema de los de Benedetti con una sonrisa triste en los labios. Me pregunté en cuál sería el poema agraciado con el recuerdo que claramente evocaba en ella, pero me quedé en silencio, salvaguardando su intimidad.

“Yo también quise ser poeta una vez” me dijo. “Escribí un libro, y todo. Esos eran los tiempos en los que fui feliz. Todo era mucho más fácil entonces. Todo era bello.” Se detiene un poco a sacudir las cenizas del cigarrillo en una latita de salchichas vacía, que había a su lado. “Entonces vino la hecatombe. Las flores comenzaron a morir porque sólo bebían lágrimas, y todos sabemos que las lágrimas son saladas, y no sirven para hacer crecer flores.” Se detuvo. Esta vez estaba seria. Besó su cigarrillo con intensidad. Cuando levantó la mirada, la tenía llena de ayeres. “Todo se fue poniendo breve. Como las líneas del poema ese de Benedetti, que dice: ‘usted de todos modos /no sabe ni imagina /qué sola va a quedar /mi muerte /sin /su /vi /da.’ Siempre me ha gustado ese poema, por triste. Además de que leí el libro… Cuál era el nombre? Bueno, no recuerdo, pero lo leí. Ya te dije que yo también iba a ser poeta? Benedetti era mi favorito. Y entonces se nos murió el viejo…”

Sabía que no era feliz, sólo de verla fumar. Fumaba con ese desdén de los que no les importa morirse hoy como morirse mañana. Encendió otro cigarrillo. Quizas como cortés recordatorio de que la conversación no había terminado.
 
"En mi casa, en el patio, tengo una mata de granadas. Explotan en forma de recuerdos, de risas, de promesas, porque en realidad la vida es eso, y yo cuando la sembré le dí eso mismo: mi vida. Las estrellas, son como las granadas: sólo ves su luz cuando explotan.” Se detiene un instante y carraspea para limpiar su garganta. “Yo lo amaba, sabes? Un día le dije que así como creciera esa plantita, que en ese momento no era un retoño más grande que mi dedo pulgar, así crecería nuestro amor. Ahora la maldita mata de granadas es inmensa, y pare como si ese fuera su único propósito de ser. El no me ama. De más está decirlo. Yo... bueno... La jodida mata sigue creciendo, y explotando, y matando..."


Se quedó mirando de nuevo su cigarrillo mientras continuaba: "Yo viví en un cielo azul, sin guardias, sin horarios de tren. Yo tenía perros, y conejitos y tortugas. Mi mamá tenía muchas plantas y gallinas y pajaritos. Todo eso en el patio de mi casa. De niña jugué a ser arqueóloga, y rompía todos los juegos de té que me regalaban para enterrarlos y jugar a encontrarlos. Fui una niña sola, pero feliz. Ahora, de grande, no he sabido lidiar con esa soledad. Talvez por eso fumo tanto."

La miré sonreir triste de nuevo, mientras ella continuaba: "Una vez se me acercó un tipo. Unos de esos indigentes que pasan la noche en vela, caminando de aquí para allá. Me dijo que el era un 'Gurú' un 'Maestro de la Meditación'. Me dijo tambié que tenía su oficina en la 5ta Avenida, que creía firmemente en los OVNIS, que los Iluminati y los Cientólogos le estaban siguiendo el paso, que la policía lo tenía fichado porque querían robarle su energía.. Y bueno, me ofreció un masaje gratis, que yo, claro, decliné." Sonrió de nuevo. Esta vez, con plenitud. "Yo te dije que aquí en Nueva York hay muchos locos. Esto está lleno de gente sin juicio!" me dijo, mientras apagaba el cigarrillo, se ponía de pie y se despedía de mi, como si fuese yo una extraña.

La miré alejarse, un poco más triste que ayer; un día más vieja, diría yo. Ya hacía casi 31 años de nuestra cita diaria. De repente, me sentí sola, como cada vez que nos tocaba separarnos. Y bueno, así me encontró la tarde: sentada, sola, con el olor a cigarrillos, el espacio viejo y el espejo vacío.

Sarah Valerio
New York, NY